Dificil que el muerto hable

Esta vez, para inaugurar nuevamente el blog, escribo un refrito de una historia que siempre me llamó mucho la atención. No por lo agradable de la misma, sino por lo pintorescamente bizarra que puede ser.

El Papa Formoso y su Concilio cadavérico.

¿Alguna vez se imaginaron a un muerto siendo juzgado? y no solo eso… sinó que en el mismo juicio se lo encontró culpable por no decir absolutamente nada.

¿De quien hablamos? Del Papa Formoso, y esta es su historia.

Formoso, quien llegó a ser el Papa número 111 desde el año 891 hasta llegada su muerte en el 896, en días en que los papados duraban lo que un fajo de billetes en plena calle Florida, pero si les parece corto su papado, más corto le parecerá el de su sucesor el Papa Bonifacio VI, el cual duró apenas 15 días y falleció a causa gota.

Durante su pontificado, Formoso se encargó de embellecer la basílica de San Pedro colocando pinturas y mosaicos, y se logró convertir al pueblo hungaro al catolicismo.

Pero el hecho más relevante, y por el que escribo este post, ocurrió luego de su muerte.

Como dijimos más arriba, el Papa Formoso fué sucedido por Bonifacio VI, quien luego de fallecer 15 días despues, fué sucedido por Esteban VII. Nueve meses despues de la muerte de Formoso, Esteban VII ordena exhumar el cadaver de Formoso, revestirlo con las prendas papales, colocarle en su cabeza, ahora calavera, la corona papal y someterlo a juicio en un concilio que reunió a tal fin y que ha pasado a la historia como el Concilio cadavéricoSínodo del terror o Sínodo del cadáver.

A Formoso se lo acusaba de que, entre otras cosas, siendo obispo de la diócesis de Porto, la dejó para pasar a ser el Papa de la diócesis de Roma.

El juicio se celebró en una sala inundada por el olor putrefacto del difunto, que tuvieron que soportar los presentes, incluyendo a un obispo al que le fúe asignada la mision de ser el representante de Formoso ante la corte.

Durante el juicio, Esteban VII no paraba de acusar a Formoso, primero con la voz y luego con su dedo. Y viendo que el muerto no pronunciaba ni una palabra, se lo declaró culpable de usurpar la silla de San Pedro.

Luego de la declaración de culpabilidad hacia Formoso, le fueron retirados los atuendos papales incluyendo la corona, y les fueron arrancados los tres dedos con los que impartía sus ordenes y bendiciones papales. Se declaró nula su asignación como Papa, incluyendo todos los dictámenes que hubiesen sido realizados en su pontificado.

Esteban VII enfurecido por que el acusado no hacía nada para defenderse, ni pronunciaba palabra alguna, ordenó enterrar al ahora ex-no-papa en una fosa común de extranjeros, pero no conforme con eso el Papa Esteban VII ordenó exhumar nuevamente al cadaver y arrojarlo al rio tiber.

No fué sino hasta el año siguiente, en el que el ahora Papa Juan IX convoca a dos concilios, uno en Roma y otro en Ravena, donde se dicta la orden de que ninguna persona puede ser sometida a juicio luego de su muerte. Sin embargo, el Papa Sergio III al acceder el trono en el 904 anula tanto los concilios convocados por Juan IX y Teodoro II e inició un segundo juicio contra el cadáver, hallándolo nuevamente culpable. Los restos de Formoso fueron arrojados al Tíber para que desapareciesen de la faz de la tierra pero se enredaron en las redes de un pescador, que lo extrajo de las aguas y lo escondió.

Finalizado el pontificado de Sergio III, los restos fueron depositados en el Vaticano, donde yacen hasta el día de hoy.

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